La interacción social entre iguales

Nos centraremos en la interacción profesor-alumno para alcanzar las metas del proceso de enseñanza-aprendizaje.

Esta perspectiva implica asumir por un lado que el profesor es el único agente educativo responsable de la adquisición del conocimiento, y por otro que la interacción entre los estudiantes tiene un papel secundario.

La interacción entre alumnos, como mucho puede influir en los aspectos motivacionales, en el sentido que trabajar con otros puede ser más amena.

Sin embargo, hoy día existen suficientes datos que avalan que las interacciones entre los alumnos juegan un papel primordial en la consecución de metas educativas, en el desarrollo social y cognitivo.

Las relaciones entre iguales, ya sea en el marco de la educación formal o incluso fuera de él, son piezas claves en el proceso de socialización en aspectos como la adquisición de competencias y destrezas sociales, la relativización progresiva del punto de vista, el grado de adaptación a las normas establecidas, el nivel de aspiración, etc.

Hemos de tener en cuenta que estos aspectos inciden a su vez en la adquisición de contenidos, procedimientos y actitudes.

Es por ello que resulta más beneficioso para el desarrollo de nuestros estudiantes, una actitud en el docente que le lleve a utilizar las interacciones entre iguales, como aliadas en los avances de los mismos, más que como una enemiga contra la que hay que luchar.

Es habitual el uso del término “interacciones entre iguales” como sinónimo de interacciones entre los alumnos. No existe nada erróneo en su utilización siempre que no os conduzca a falsas percepciones.

El término iguales se utiliza para diferenciarlas de las interacciones entre profesores y alumnos, en las que las diferencias entre los participantes de la interacción en cuanto a rol, al dominio de un tema y a los procedimientos, es más obvia. La etiqueta de iguales también se emplea para hacer referencia a un mismo grupo de edad.

Pero esto no debe ser confundido con igualdad en cuanto a los procesos de pensamiento, al dominio de ciertos contenidos o destrezas, etc.

Puesto que el desarrollo en el ser humano no es un proceso uniforme y depende del marco social y cultural en el que un individuo concreto se desenvuelva, el que un individuo tenga la misma edad que otro no asegura que piense, se exprese y sepa lo mismo.

Esto nos conduce al hecho de que en las interacciones entre iguales un miembro de la pareja o grupo puede aprender de los demás compañeros.

El trabajo en la zona de desarrollo próximo no es una tarea exclusiva del profesor. Depende en qué momento y en qué contenido curricular, un alumno puede desempeñar funciones de “instructor” o “instruido” con relación a otro u otros alumnos. En muchas ocasiones a un compañero le resulta más fácil colocarse en el punto de vista de otro de los que es para el profesor. Esto es debido entre otras razones a que comparten lenguaje, experiencia, marco de referencia, etc.

Por decirlo de otro modo existe entre ellos un contexto mental compartido real.

Pero no basta con colocar a los alumnos unos al lado de otros para que interactúen y así poder obtener unos efectos favorables.

Sino que hemos de identificar y fomentar el tipo de organización social del aula que posibilite la consecución de los objetivos educativos. Tradicionalmente se han identificado tres: la individualista, la competitiva y la cooperativa.

Únicamente en la última de estas, los objetivos de los distintos estudiantes están relacionados de tal manera que un alumno alcanza su objetivo, sólo si otro alcanza el suyo.

Es por ello que sólo en este tipo de organización los alumnos pueden convertirse en auténticos instructores de otros y colaborar junto con el profesor en el desarrollo propio y en el de los demás.

Cuando organizamos el aula sobre la base de interacciones cooperativas los beneficios son evidentes. En primer lugar mejora el propio clima del aula, las actitudes de los alumnos frente a otros alumnos y al profesor se hacen más positivas. También mejora la organización de las tareas, al tener que explicitarse para su coordinación.

Por último parece observarse un mayor progreso cognitivo, ya que este tipo de organización demanda una constante confrontación de puntos de vista, exigiendo argumentar, tener presente los argumentos de otros y contrargumentar.

Esto último es lo que muchos autores denominan conflicto socio-cognitivo. Las diferencias entre las ideas o creencias de los alumnos pueden ser usadas para influir positivamente en el desarrollo intelectual y social. Para que tales diferencias ejerzan influencia positiva es necesario que el conflicto se resuelva de manera constructiva.

Un conflicto bien conducido y bien resuelto implicará la posibilidad de que todos puedan argumentar y nadie imponga su punto de vista.

Los resultados de este tipo de organización social del aula mejoran significativamente si el profesor pone en juego ciertos recursos didácticos: aportar materiales para que las diferencias entre las ideas de los alumnos se asienten en un conocimiento más profundo del tema del que se discute; elegir temas motivantes o presentarlos de forma que les resulten atractivos; y fomentar actitudes flexibles y tolerantes que faciliten la discusión y la construcción conjunta del conocimiento.

Esta metodología genera una cierta actitud ante la vida (una manera de enfrentarse a los problemas), distinta a esa que despreciamos, pero ante la cual no damos alternativas de actuación.

 

 

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